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martes, 19 de mayo de 2009

Señor, está saliendo del sistema

Da gracia ver el movimiento diario de las masas porteñas. Gente que camina en silencio, leyendo, estudiando, escuchando música, preferentemente, manteniento el mínimo de contacto con el que tiene al lado.

Es curioso ver como la gente en la vorágine de las actividades diarias, se olvida de mirar al cielo dos segundos. ¿Alguien notó que a la bandera del Obelisco, esa que estaba toda remendada, ya no la hizan más? ¿O que son gorriones los pájaros que circundan la 9 de Julio, además de las ultra re conocidas palomas?

Nah.

Hace poco leí un cuento dónde un tipo silbaba en un bondi. Solo eso. Silbaba. Y la gente, por verlo silbar, lo hizo bajar.

Señor, usted que silba entorpeciendo el autismo diario.
A usted señor, le digo:

Está fuera del sistema.


-.-
Punto aparte, mañana tengo parcial de química y muero de los nervios. No hay chocolate ni café que afloje la mano.

martes, 31 de marzo de 2009

El cantobar (parte I)

Sábado a la noche. Ganas de salir, de disfrutar, de pasarla bien, de festejar el inicio de la uni. Ok, no, eso no. Dejemoslo en ganas de salir.

El plan estaba fijado. Un cantobar. Reirnos bastante, aullar un poquito, comer, y volver a reirnos.

Las chicas quedaron en juntarse a las 11 de la noche. La idea era invitar a todo el que viniera salir, así que de ser el grupito de siempre, pasamos a ser más de 10.

Llegué tarde. Bastante tarde. Y yo había organizado. Perdemos un 130, y nos pasamos 40 minutos esperando otro. Una de mis amigas sabía 100% donde bajarse. Sabía.

Gaby: "Aye, ¿todo bien? ¿Falta mucho?"
Aye: "Se, Gaby, es al 1600."

Nos bajamos. Caminamos unas cuadras en la dirección que Aye decía. Miramos una vez, dos, tres, mil. No lo podíamos creer. ¡¡ESTÁBAMOS EN MAIPU!!

Puteadas, risas, golpes. A mi celular llegaban los llamados de los que ya estaban en el cantobar. Comenzamos a caminar, según las cuentas no tenían que ser más de 15 cuadras...

Cuando íbamos por la cuadra veinte-mil-sin-parar-de-caminar pasa en el auto la mamá de Caro. Al mejor estilo "El boliche de Edgard los nueve que eramos nos metimos hasta un poco más en el baúl.

Llegamos al cantobar. Y vino la pregunta menos esperada.

Patovica amargo: ¿DNI?
Gaby: Ehh... Bancame un toque.

No soy menor. Pero habían un par a los que le faltan meses, días y horas para cumplir los benditosseandiesciochoaños.

Gaby:
Mira, acá lo tenemos, pero ellas dos se lo olvidaron...
Patovica amargo:Sin DNI, no hay entrada.


Diganlo, vamos. Eso fue muy poco creíble. MUY POCO creíble.

jueves, 5 de marzo de 2009

La comunidad del andén

Un pequeño cuento corto.

Miras a tu izquierda y te sorprendes. El tipo sentado a tu lado lleva un sobretodo negro, zapatos oscuros y lustrados, maletín... Oh, si. Parece un empresario. Más que nada por el Rolex de su muñeca.
Miras a tu derecha. Una mujer de unos 40 años lidia con su pequeño niño que le insta a comprarle el último juguete de los Power Ranger no-sabes-cuánto. ¿Típico, no?
Un poco mas allá, casi al final del asiento, hay una pareja de ancianos tomados de la mano. ¿Cuántas personas quisieran llegar a esa edad compartiendo el día a día con alguien...? Sólo basta ver cómo se miran para entender que el amor de esos ojos reflejan años de paciencia, lealtad, companía, respeto... Amor.
Para el final del asiento, pero al otro lado, ves a un joven de tu edad. Auriculares en los oídos, se escucha un eco de Linkin Park. Viste normal, zapatillas, jeans, camiseta manga corta, una mochila entre sus piernas. Masca chicle. ¿Irá a la universidad? Claro. A su lado, reposa un tablero de arquitecto.
Suspiras y piensas en tí misma. Vas con tu impecable traje celeste de médica. Llevas una mochila cómoda sobre la falda y decides mirar distraídamente las hojas del roble de la otra cuadra, que asoman por sobre el techo del andén del frente.
Bajas la vista. Crees ver gorriones, o quizás teros. Los pajarillos rebuscan entre las piedras de las vías, buscando algo que comer. Se apoyan en la reja divisoria, y salen volando para Dios sabe dónde. "¿Sería lindo volar?". Los pensamientos inundan tu mente, mientras vagas entre las pocas nubes de aquel día soleado. ¿Qué se sentirá no pensar, sentir el viento en el rostro, elevarse hasta lo alto libre de todo? ¿Cómo sería vivir de ese otro modo?
El pequeño de tu derecha tropezó y cayó al suelo. Su llanto cortó el hilo de tus divagaciones y vuelves a mirar a tu alrededor. Más personas llegaron, de echo, oyes como los viejitos de más allá charlan con una joven sobre lo retrasado que va el tren.
El muchacho de los auriculares alza la vista y la fija en tus ojos. Son verdes profundos, inteligentes, divertidos. Cómo si dijeran todo y nada al mismo tiempo. Escapas una sonrisita y bajas la vista, algo avergonzada.
Pasan los minutos. La demora se hace notoria. El muchacho se te acerca, preguntándote la hora. 10.35 de la mañana. Llevaban 20 minutos retrasados...
Antes de que te dieras cuenta, estas hablando con él de manera fluída. Se llama Esteban. Lanzas un rápido vistazo y ves que el niño ya no llora. A la charla de la pareja mayor, se sumó el hombre del traje.
De golpe, se escuchan las bocinas de la barrera. Todos se incorporan, como levantados por un imán y se acercan al borde del andén. Con un estruendo, el tren se detiene y todos suben.
La comunidad estaba disuelta. Ya nadie hablaba con nadie, y todos volvían a ser para ti tan extraños como lo habían sido al principio. La señora del niño se sube a otro vagón.
Pero el muchacho de ojos verdes te sigue. Le miras a los ojos y sonríes.
"Oh, no. No todo se disolvió".