sábado, 14 de marzo de 2009
Despierta (parte III)
Una gota de sudor cayó de su nariz hacia las sábanas. Eso había sido demasiado. Con una mano temblorosa, que tardó en reconocer como suya, prendió el velador de la mesita de noche. Sus ojos miraron cautelosos el lugar. Estaba en su cama, en su habitación, en su casa. Las cortinas y persianas estaban cerradas, casi no había ruidos, sacando el ulular del viento. Miró la hora: 1.25 a.m. No había dormido aún ni media hora, o eso creía… Ciertamente ya no estaba segura de nada. ¿Sería eso realidad? La calle, la playa… Imágenes demasiado reales y consistentes, pero al mismo tiempo increíbles.
Se levantó y bajó sigilosa por las escaleras, en dirección a la cocina. Todos dormían y la lluvia amenazaba con sendas nubes y rayos que se veían a lo lejos. Se sirvió un vaso de agua y bebió tranquila, mientras veía ya las primeras gotas de agua caer tras la ventana. Cerró los ojos, y sonrió al sentirse libre fuera del sueño, estar nuevamente en su realidad. Sintió como su gato pasaba junto a su pie descalzo, generándole un suave cosquilleo. Bajó la cabeza siguiendo el rumbo del felino. Vio como su silueta salía al patio delantero por una ventanita que dejaban siempre abierta para que entrara aire, y cómo se internaba lentamente en la noche.
Dejó el vaso sobre la mesa, tomó sus llaves y lo siguió. Michifuz, su pequeño gato, nunca salía de la casa. Sofía fue hasta la calle y al asomarse a la vereda, vio como el travieso gato la miraba desde la esquina de enfrente, sonriendo, diría. Se dio vuelta y comenzó a correr. Sofía no lo dudó, y salió en busca de él, corriendo, mientras la lluvia caía rauda sobre la ciudad de Buenos Aires.
FIN
jueves, 12 de marzo de 2009
Despierta (parte II)
Inevitablemente, al girarse hacia la izquierda, le dio un ligero puñetazo a la chica que dormía a su lado, morocha, de rasgos aindiados y que junto a otra que dormía más allá, eran sus compañeras de tienda de campaña desde el inicio de la expedición.
-Sofía… No fastidies, por favor. Que aún no es hora de levantarse… -respondió Clara, entre molesta y soñolienta, devolviéndole el “gesto” con otro coscorrón. En esos días de la Ruta Quetzal, todo se vivía espontáneamente, disfrutando del ahora, del presente. Hasta a los detalles menos agradables, como dormir poco, se les buscaba el lado bueno, compartiendo sonrisas, sacándole el jugo a todas las experiencias. Así, su amiga había tomado el primer puñetazo como una forma entretenida de despertarlas antes del alba, para ver nacer al sol.
Pero no era tan así. Sofía no reaccionó a la devolución de su amiga. Seguía repitiendo la misma frase, ahogándose. Clara se sentó sobre su saco de dormir y la miró fijamente por unos instantes, comprobando que no era un chiste; era real. Con cautela, primero con cuidado, intentó despertarla, pero no lograba hacer que abriera sus ojos. Ya sin tapujos la zamarreó, asustada, intentando sacarla de aquel mundo de sombras en el que se había transformado su sueño.
Cuando estaba decidida a buscar ayuda, y despertar a Camila y al resto, sintió como la presión de los brazos de Sofía disminuía bajo sus brazos, para que dos segundos más tarde, se incorporara sobresaltada, abriendo los ojos de par en par y respirando a grandes bocanadas.
-¿Dónde estoy? –preguntó dudosa, cerrando los ojos, y frotándose la garganta, mientras su respiración se acompasaba lentamente.
-En el mismo lugar que ayer, y en el mismo en qué estaremos mañana. Ya pasado partimos hacia España, Sofi. –acotó Camila, desde su hueco.
-Lo siento, chicas… -a Sofía no le salía la voz-. Es que fue una pesadilla… Tan real.
-Vamos, cariño. Ya pasó. Intenta dormir un poco más, antes que venga el señor Luna a despertarnos. -murmuró Clara, la peruana, de acento gracioso, mirada alegre y tono optimista.
Sofía intentó seguir el consejo. Respirar, no pensar. Respirar, no pensar. Respirar… Una chica corría por la ciudad… ¡NO!
El sol estaba ya deslumbrante, cuando ella salió de la tienda. Había olvidado lo hermoso que era el campamento rutero… Al menos cien tiendas de campaña estaban distribuidas sobre la arena entre palmeras, en una playa cercana a Cancún, México. Todas las puertas de las tiendas daban de frente al mar, y el poder observar el sol matutino sobre las apacibles aguas caribeñas, era un lujo del cuál no muchos podían presumir.
Caminó unos pasos, sintiendo bajo sus pies descalzos la arena tibia, suave. Instintivamente, se miró la planta, sin encontrar ninguna herida.
“Sólo fue un sueño”, se repitió por vigésima vez. Las visiones de su sueño la persiguieron durante el desayuno y la mitad de la mañana. Por suerte, pudo estar lo suficientemente atenta a la conferencia acerca de Cristóbal Colón y su cuarto viaje.
El mediodía pasó sin más hechos destacables, y por la tarde, llegó el momento que muchos esperaban: tiempo libre. Todos los ruteros, fueron como en ola a buscar sus respectivos snorkels para poder bucear en las cristalinas aguas, observar pececillos de colores y con suerte, alguna tortuga marina; siempre supervisados por los monitores y jefes de campamento.
Sofía no quiso ir a buscarlo y se metió en el agua nadando de a trechos, caminando en otros, hasta llegar a un sitio del cuál ya no hacía pie. Buena nadadora, se tiró de espaldas a mirar el azul del cielo, haciendo la plancha, intentando no pensar… Dándose vuelta y flotando, miró hacia tierra firme, en busca del campamento. No le gustó notar que la marea la había ido arrastrando lentamente y que ahora estaba bastante lejos del cuidado y resguardo de la expedición.
Intentando tomarlo más como una tontería, que como un motivo para ponerse nerviosa, comenzó a nadar rápidamente hacia la orilla, ocultando su miedo tras la excusa de no querer recibir un castigo por alejarse.
-Ya casi… -murmuró al saberse cerca de donde había partido. En nada ya estaría en la orilla, y ya no tendría que temer. ¿Temer? No debía tenerle miedo al agua…
Pataleando, sintió la fuerza de una corriente de agua que la arrastró un poco para atrás, y que no había sido generada por ella. Como un animal al cual sus instintos le advirtieron demasiado tarde del peligro, comenzó a sacudir piernas y brazos intentando llegar lo más rápido posible al suelo… Pero cada brazada, la arrastraba medio metro mar adentro alejándose de la orilla. Ya no estaba asustada, estaba aterrada. La desesperación y el cansancio comenzaron a colmarla. Le dolían las piernas, sus brazos se cansaban, no podría seguir mucho tiempo más. Quiso gritar, pedir ayuda, pero ya no tenía voz, no le quedaba aliento. Paró, dejó de forcejear contra la corriente y todo se calmó, tan repentino como había comenzado. Cuando intentó pedir socorro, sintió como alguien tiraba de su tobillo hacia abajo, hundiéndola en las profundidades, alejándola del sol, la luz y el aire…
Continuará...
lunes, 9 de marzo de 2009
Despierta (parte I)
Despierta, despierta. ¿Realidad o fantasía? ¿Cuál es el hilo que separa a nuestros sueños de nuestras pesadillas?
La lluvia caía rauda en la ciudad. Sólo un alma las recorría, sigilosa como fantasma, veloz como un animal. Ella corría sin saber por qué, sin saber hacia dónde ir. Lo único que sentía era una corazonada en su pecho, ella debía ir hacia algún lugar de la ciudad.
Intentó apresurar la marcha. De repente, un fuerte dolor en la planta del pie la hizo detenerse y sacar la mirada del frente. Sin querer, había pisado una piedra puntiaguda que le había generado una herida demasiado grande en el pie. La sangre fluía, pero extrañamente, ella no sentía dolor alguno. Más grande fue su sorpresa al caer en la cuenta de que estaba descalza y de que había corrido mucho más de lo que se creía capaz, sin agotar aún sus fuerzas.
Así, indecisa, se atrevió a fijarse en su entorno. Ya no estaba en aquel apacible barrio de calles cortas y de entonada familiaridad. Siendo sincera consigo misma, no tenía idea de dónde estaba. Un escalofrío recorrió su espina dorsal, como una gota de helado sudor, al pensar en el extraño parecido de las ventanas y puertas de aquellos edificios prácticamente en ruinas, con ojos terroríficos, vacíos, apuntando a la nada y observando todo con recelo, pero al mismo tiempo generando una pegajosa atracción.
Por unos instantes estuvo observando el vacío de esa mirada, cuando lo sintió. Se sintió observada, vigilada, incluso indefensa ante tanta soledad. Despacio, se dio vuelta esperando ver al que la perseguía. Nada. Sólo un arbusto, el viento alborotando las ramas de un árbol cercano y la lluvia, siempre presente. Pero allí, no había nadie. Simplemente estaban ella y la soledad de esa fría y lluviosa noche de otoño.
“Sofi, te estas volviendo paranoica”, pensó mientras una fugaz sonrisa ingenua cruzaba su rostro. Un sobresalto la hizo volver a esa realidad. Ya había perdido demasiado tiempo como para ponerse a investigar que podía haber en el interior de esas casas en ruinas, o quién o qué sería lo que la perseguía. Ella debía continuar, seguir siempre adelante. Intentar llegar al lugar al que se dirigía.
Se dio vuelta despacio, dispuesta a seguir persiguiendo ese llamado, enfilándose hacia la dirección que su instinto le indicaba. Ya sin temor, dio un paso firme, seguro. Dio un paso que quedaría en el vacío, que nunca tocaría el suelo. Sus ojos se abrieron de par en par, y el temor anterior la invadió completamente. Alcanzó a lanzar un grito ahogado al sentir como su pie pisaba el vacío, y ver como la oscuridad la cubría hasta ahogarla.
Continuará...
